Otra cosmópolis es posible

Cosmópolis
Retratos de New York
Por Fabián Soberón
editorial Modesto Rimba (2017)
Una gran ciudad se dice de muchas maneras.
Y se tiende a detener el movimiento de las imágenes, en escala de grises. Todo templo implica ruina y toda ruina implica cenizas.
Nos solemos conformar mediante frágiles testimonios que atenúen el dolor de las pérdidas, que suavicen los espolones de la memoria. Y creemos con fijeza y determinación que es el precio que se debe pagar de camino a la gloria de cemento, a la hospitalidad de cielo plomizo.
Todo es mapa y territorio.
Pero la escritura nos extravió y nos acogió en su laberinto.
De ahí el sentimiento de engaño, de putrefacción que da carácter rabioso a las grandes ciudades. La posibilidad de reescritura sería superflua: no sería más que una falsificación de la falsificación.
Puro olvido. Pura muerte.
Esta reflexión se desprende con facilidad tras hallar vestigios de la antigua polis griega en El nacimiento de la filosofía, de Giorgio Colli.
Sin embargo, hito de la investigación humanista, La ciudad dividida. El olvido en la memoria de Atenas, obra de la antropóloga y escritora Nicole Laroux, lo contradice.
Su cartografía del saber rescata trazos luminosos, sobre el mismo cuadro de apreciación.
Una combinación desestructurada de giros sonoros, variaciones de color y sabor, entrecruces de aromas, polifonías inéditas, que hacen de Atenas una pintura viva.
Todo es mapa y territorio.
Pero nada está determinado para siempre.
Ni siquiera la intensidad de las grandes ciudades.
Y la genialidad de Cosmópolis, nueva obra del prolífico Fabián Soberón, nueva expresión humanista, es abrir las miserias de New York con la propia luz de su pintura.
No es casual que el sentimiento mítico poético persista, por ejemplo, tras recorrer las salas del Museo Metropolitano:
“(…) Al costado, entre rostros del inefable pintor holandés Frans Hals, está Aristóteles levanta el busto de Homero, de Rembrandt. la luz gira en torno a una parte del rostro de Aristóteles. Pero no se queda ahí: ilumina un sector del busto. El resto es sombra o pura oscuridad. Rembrandt se detiene en el contraste. Prefiere lo no evidente. La mayor parte del cuadro es la noche. Sólo una franja larga guarda el tono del oro. El rostro de Homero está de perfil. No veo sus ojos. Rembrandt muestra una cabeza ciega. La mirada de Aristóteles no lo sigue. El filósofo mira al vacío. “
“(…) En una escena imaginaria, yo tengo el busto de mi padre. Y en el jardín de una casa desconocida, mi hijo Bruno levanta el busto de mi cabeza. Mi nieto guarda en un cofre el rostro curtido por la oscuridad de mi hijo. Y la cadena no se detiene. Todos somos Rembrandt y el futuro busto de Homero.”
La herida trascendental no desaparece. Pero del temblor de las aguas nace la aurora. Aquí, en New York, ningún anillo es igual a otro.
Son las enseñanzas del Tolstoi colombiano, maestro en la paideia neoyorquina.
Aristóteles y Homero, Soberón y Renán Darío, Dante y Virgilio.
De fondo Rembrandt, de fondo la Quinta Avenida. Y sobre ambos la soledad.