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Esperar, un síntoma humano

  • Ces Le Mhyte
  • 19 nov 2018
  • 2 Min. de lectura

El olor de la noche.

Los cuerpos mudan de sustancia por las calles de Palermo Soho.

Hay que esperar para abrir un futuro a eso de ser todavía lo no dicho.


El lenguaje de la espera.

Su infamia y su potencia, su rabia y su proceso.


Por este horror al vacío, quizás, nació Pluma y la tempestad.

Así fue que, de pronto, me encontré por los caminos de la obra de Arístides Vargas.

Tras las páginas de su libro se oculta la dura tarea de identificar hambres.


Ningún artefacto es literario, pero incluso el sudor dela tinta y el clamor de la sangre se logran con los recursos de una arqueología de la imagen.


La obra dio pie a esta idea, en la antesala de una función de teatro.

De la dramaturgia de la acción a la acción de la dramaturgia.


La música del azar por menos de una hora.

El gesto de la noche en el seno de lo que no tiene nombre.

Causa y efecto en los bordes de lo inaudito.


Un grupo de asistentes arman una fila en el micropasillo, mientras permanezco sentado en el sofá con el libro entre mis manos.

El bullicio no apaga la voz de alerta ante la inminencia de otra espera, la del hecho teatral.


Esperar, un síntoma humano.

Obra escrita y dirigida por David Páez, se manifiesta bajo los pliegues de un nihilismo decadente.

En el marco de una estructura dialógica, persevera la ruina.

Escombros, no sólo del lenguaje, más aún, vestigios de la propia condición humana.


Habitaciones humanas.

En esta cacería de aire y fonema, las nervaduras de lo no dicho resisten.


Ambientada en el año 2035, un grupo de jóvenes, vestidos de oficinistas, encerrados en una habitación vacía, sólo conectados con el mundo externo a través de celulares y ordenadores con wifi, rinden una prueba laboral con el objetivo de alcanzar las mieles báquicas que se anidan en la promesa de futuro.


Vacío y futuro.

Llagas en el seno de la promesa.



Con una escenografía mínima, a la ejecución de los actantes le basta para dar con las uvas de la ira y la desesperación. De la periferia al centro, una cacería de vigilias y sueños multiplica los panes del abandono.


Los movimientos coreográficos de Sharon Antar elevan la pira del juego trágico del tiempo: el de la palabra como animal extinto.


Miradas, susurros, gemidos, exhalaciones. que ceremonian el ritual de lo que ya no está.


Persistencias de arena.

Tango y pasión, Buenos Aires y sus demonios.


En este punto, no sólo es un logro actoral sino también dramatúrgico ya que se puede vislumbrar que las porosidades del lenguaje, las carencias comunitacativas, son inherentes al ya mencionado tipo de nihilismo decadente en cuestión. De camino al habla, se halla una vez más otro rostro de la extrañeza:


Todos somos Godot.

La bestia a la sombra del árbol.

Los despojos del fruto.




Teatro Tromvarte, Palermo Soho, Buenos Aires, 2018.



Ficha técnica

Esperar, un síntoma humano

Elenco

Sharon Antar

Pedro Norman

Georgina Paula

Romina Rosen

Ezequiel Santos

Emiliano Tressols

Dramaturgia y dirección

David Páez

Diseño de escenografía y vestuario

Paula Picciani

Diseño gráfico

Bárbara Villoslada

Diseño de luces

David Páez

Fotografía

Paula Picciani

Producción

Kufo Kun Lato







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